domingo, 10 de julio de 2016

Quién es mi hermano y quién mi hermana?

"La parábola del buen samaritano", conocida por muchos y practicada por pocos, hoy nos vuelve a sonar a nuestros oídos. Dejémonos sorprender por esta parábola del Maestro.
Desde luego que Jesús es el Buen Samaritano y nosotros su pálido reflejo. Eso está fuera de toda duda. Estamos llamados a imitar día a día en cada gesto, actitudes y obrar. Aunque no pretendamos ser el buen samaritano sino aquellos que estimulados por el Buen Samaritano, hacemos el bien y creemos en Él.
La situación que nos presenta el evangelio de hoy fue suscitada por la pregunta del doctor de la ley que se acercó a Él. Su pregunta "quién es mi prójimo?" hoy la podemos cambiar, sin perder su sentido, por esta otra: Quién es mi hermano y quién es mi hermana?  Esta pregunta nos debe interpelar a todos porque hoy decimos muy seguido: "estuve con un extraño", "en mi vida lo vi", "no, ni idea", "es un desconocido", "NN", etc.
Muchos de nosotros estamos viviendo unas relaciones muy parecidas a extraños y desconocidos. No se trata pues de un problema de conocimiento sino de actitud y opción que gana cada día más y más terreno.
Alguien dijo que el prójimo es alguien que llega a mi vida sin permiso y me invita a obrar como Dios ha obrado conmigo. Pensando en esto uno debería caer en la cuenta que todos los días Dios esta obrando con amor y misericordia en mi vida. Es por eso que yo no puedo tener otra respuesta para mi hermano y hermana que este mismo amor.
Es así que volvemos al mandato primero y principal: Amor a Dios y amor al prójimo. Ser buen samaritano no es una opción sino una orden de Jesús. Pero como? Se puede ordenar y obligar amar? En cierto modo sí. Por que? Porque Él nos amó primero. Él me amó y porque me amó murió por mi.
Jesús, te pido tu ayuda para obrar como buen samaritano y que tu Santo Espíritu me impulse todos los días a ello; que tu Santa Madre me inspire la santa perseverancia para descubrir el amor y la misericordia con que soy beneficiado cotidianamente.
Pbro. José Casimiro.-

lunes, 4 de julio de 2016

LOS LLAMADOS A LA MISIÓN NO SOLO SON EL PAPA, OBISPOS, SACERDOTES Y RELIGIOS@S....

Jesús llamó, además de los doce, a setenta y dos discípulos más. Pero no sólo los llamó sino que también los envió (misión). Yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos, todos estamos llamados a la misión. El “excusómetro” del Evangelio del Domingo pasado, nos tiene que haber ayudado a medir el nivel y la falsedad de nuestras “excusas”. Para Cristo no debería ni debe haber excusas.
No sólo tenemos que ser discípulos de Jesús (admirar, adorar, glorificar, llevar identificaciones, etc.) sino que hay que ser misioneros (testimoniar, anunciar, obrar, perseverar, orar, etc.); discípulos y misioneros de nuestro Señor, para que nuestras familias y comunidades, tengan vida en Él.
La Iglesia de Latinoamérica y del Caribe te invita a sumarte a la Misión Continental. Es vivir en un estado de misión permanente para pasar de una pastoral conservadora a una pastoral decididamente misionera. Yo, tú, él, nosotros, vosotros y ellos somos co-responsables de la única misión: El Reino de Dios en este mundo.
El Papa Francisco nos invita constantemente a ser una “Iglesia en salida”, es decir una Iglesia Misionera. ¿Y qué se nos pedía en la Oración y en el Himno del reciente Congreso Eucarístico Nacional?: “Con la alegría que nos da tu Palabra, salimos al encuentro de todos los argentinos, sin excluir a nadie, para gestar juntos una cultura del encuentro en la patria, siendo auténticos discípulos misioneros” y en el himno cantábamos: “Haz que salgamos al encuentro de quien necesita más. Como tus discípulos, es el lío del amor”.
Como escuchamos en el Evangelio de hoy “la cosecha es abundante, pero los trabajadores con pocos. Rueguen al dueño de los sembrados que envíe trabajadores para la cosecha”; no descuidemos la oración por las vocaciones de especial consagración ni la oración por la familia, que es el semillero de vocaciones. Así también, no desoigamos las palabras que a continuación nos expresa Jesús: “¡Vayan! Yo los envío como a ovejas en medio de lobos”.
Hagámonos estas preguntas: ¿Cuál considero que es la cosecha a la que el Señor me invita a trabajar? ¿Desarrollo actualmente alguna labor misionera? ¿He experimentado la compañía de Jesús en los momentos difíciles de mi misión? Ir de dos en dos, implica trabajo de equipo: ¿Me siento cómodo trabajando con otros?

Jesús, que acojamos tu llamado y atendamos tus recomendaciones muy diligentemente; sabemos que los más importante no es que nuestros nombres estén en calles o placas, nuestra imagen en una estatua, sino que se encuentren grabados en tu Reino celestial. Señor, aquí estoy, envíame a evangelizar donde Tú quieras. Acompáñame en la misión que me encomiendas.
Pbro. José Casimiro Torres

sábado, 4 de junio de 2016

Comisión Episcopal de Comunicación Social

Viernes 3 de junio de 2016

En primer lugar quiero compartir con ustedes la alegría de volver a presidir la Eucaristía organizada por la Comisión de Comunicación del Episcopado, con motivo del día del periodista.
Un pequeño grupo comenzó en el año 1963  con el afán de aunar los anhelos de quienes, volcados a la vocación periodística, querían trabajar codo a codo con sus colegas y que compartían la inquietud de profundizar en la fe.                            
Este grupo de amigos sigue cada año en la cercanía del 7 de junio celebrando la Misa en el Día del Periodista y este año el Club Gente de Prensa lo celebrará el mismo día 7 de  este mes.
Pero el día del periodista fue instituido en el año 1938, en la Provincia de Córdoba, por el Primer Congreso Nacional de Periodistas, recordando aquel 7 de junio de 1810 en que Mariano Moreno fundó la Gaceta de Buenos Aires:

"¿Por qué se han de ocultar a las Provincias sus medidas relativas a solidar su unión, bajo nuevo sistema? ¿Por qué se les ha de tener ignorantes de las noticias prósperas o adversas que manifiesten el sucesivo estado de la Península?... Para el logro de tan justos deseos ha resuelto la Junta que salga a la luz un nuevo periódico semanal, con el título de la Gaceta de Buenos Aires". 

Un nuevo medio que sale para consolidar la unión de las Provincias. Celebramos en este año del Bicentenario el día del Periodista renovando el compromiso de la Unidad y recordando y haciendo propio lo que el Santo Padre San Juan Pablo II compartió a los representantes de la Unión Católica Internacional de Prensa en diciembre del 2002:
Ser periodista: 
«Significa simplemente ser una persona íntegra, que en su vida personal y profesional refleja las enseñanzas de Jesús y del Evangelio». 

«Significa luchar por los ideales más elevados de excelencia profesional, siendo un hombre o una mujer de oración que busca siempre dar lo mejor que puede ofrecer». 

«Significa tener el valor para buscar e informar sobre la verdad, incluso cuando la verdad es incómoda o no es considerada como "políticamente correcta"». 

«Significa ser sensible a los aspectos morales, religiosos y espirituales de la vida humana, aspectos que con frecuencia son mal comprendidos o deliberadamente ignorados». 

«Significa informar no sólo de los crímenes y tragedias que tienen lugar, sino también de las acciones positivas y ennoblecedoras realizadas a favor de los necesitados: los pobres, los enfermos, los discapacitados, los débiles, aquellos que de otro modo son olvidados por la sociedad». 

«Significa ofrecer ejemplos de esperanza y heroísmo a un mundo que siente una necesidad desesperada de ambos». 
Con estas consideraciones de San Juan pablo II, rezamos por esta vocación de tanta importancia y que tanto bien puede hacer a los hombres y mujeres de todos los tiempos. Comunicar en la verdad, y comunicar para el bien, comunicar, con Misericordia tendiendo puentes, este debe ser el objetivo de un verdadero comunicador. 
La Providencia ha querido que lo celebremos en la Solemnidad del Sagrado Corazón. Imagen clara del Amor de Dios. Jesús, y su Corazón  refleja su Amor hasta el extremo.  Corazón que hace presente lo más íntimo de la persona y sede o lugar de los mejores sentimientos.
El amor dice el  Santo Padre Francisco, por su naturaleza es comunicación. Nos invita el Papa en este nuevo mensaje con ocasión a la 50º Jornada Mundial de las Comunicaciones  a vivir la comunicación en este rasgo del amor, un amor que ayuda a crear puentes, a acercarnos, a comprendernos, un amor que es comunicación ayuda a saber del otro, a escucharlo y no meramente a oírlo, porque sola la escucha experimenta cercanía. 
En estos tiempos que vivimos y también como hombres y mujeres encarnados en la patria podemos preguntarnos si nuestras palabras y nuestras actitudes, están en la línea de crear puentes y contribuye la comunicación para la comunión.  Dios es el Padre que nunca se da por vencido. Que busca, y carga sobre sus hombros. Y ante el “encuentro nos invita a la alegría compartida” a hacer fiesta. Nada para Dios está perdido. Así somos invitados a vivir con desprecio y horror ante el mal, pero con profundo amor y compasión al que lo provoca, que no se opone a la justicia. 
El mensaje de este año para toda la iglesia y para todos los hombres y mujeres de buena voluntad del mundo, parece que fue dirigido especialmente a nuestra Patria. Crear comunidades más fraternas es crear lazos más fraternos. Todos sabemos y experimentamos que  viejas heridas y resentimientos ahondan caminos de desencuentro, por eso el papa Francisco nos recuerda la necesidad de activar en nosotros un nuevo modo de hablar, un nuevo modo de dialogar para crear puentes, como decíamos antes. Aún el lenguaje de la política, de la diplomacia, nos dice Francisco, debe ser inspirada por la Misericordia que nunca da nada por perdido.
En este último documento “El Bicentenario, tiempo para el encuentro fraterno de los argentinos” compartimos los obispos, que “la casa común que formamos todos los argentinos, simbolizada en la casa histórica de Tucumán no se cuida y se construye solo preservando el bienestar material de los ciudadanos, sino desarrollando un proceso educativo que, además de ofrecer información y capacitación, forme a los argentinos en valores, los haga capaces de reconocer sus fragilidades y desarrolle en cada uno las virtudes cívicas que conforman una red de compromisos estables” (nº 63). Creo que en este camino debe encontrarnos a los comunicadores.
Es consolador pensar y vivir con la certeza que el Amor de Dios haya sido derramado en nuestros corazones. Estamos llamados en todo y en toda actividad a derrochar por tanto a derramar el Amor de Dios que siempre sana y rescata.
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Comisión Episcopal de Comunicación Social
Conferencia Episcopal Argentina
Suipacha 1032 (C1008AAV) - CABA

viernes, 27 de mayo de 2016

Reflexiones de Corpus Christi

  1. Misericordia y Eucaristía
La Eucaristía es el gesto de Misericordia que Cristo nos dejó la noche de la Última Cena. Quiso quedarse personalmente con nosotros. No nos dejó un símbolo, ni una imagen, sino su propia persona viva, vencedora de la muerte y de todo pecado.
Conocedor de los dolores que nos aquejan se quedó para fortalecernos en las dificultades, para iluminarnos en las responsabilidades que debemos asumir en nuestra vida y en la historia de nuestro pueblo.
No se quedó para que nos aislemos del mundo buscando una intimidad falsa con él, sino para que vivamos su amistad hondamente en la carne del hermano solo y desamparado. Sí, porque así como el Señor se identificó con el pan y el vino, también se identificó con los más pequeños que sufren. Se quedó en la Hostia y en el prójimo doliente.
No se quedó porque lo merezcamos, se quedó porque lo necesitamos, se quedó gratuitamente por amor, por misericordia. Misericordia para todos, no sólo para los que están en pecado, sino para todos, porque todos la necesitamos. Aquí no hay superiores, aquí todos somos necesitados del amor misericordioso de Cristo hecho carne en el seno de la Virgen, hecho pan en la Santa Misa, hecho prójimo en la calle y en el día a día.

Remos: Jesús, misericordia que se hace pan del camino, escúchanos

Para que te busquemos en cada celebración de la Misa, en la adoración sencilla y te encontremos misericordioso.
Para que te busquemos en cada hermano que sufre abandono, desprecio, postergación, ignorancia, desconcierto, injusticia, humillación y seamos misericordiosos contigo.
Para que te descubramos vivo, siempre misericordioso y dejemos de lado nuestros perfeccionismos que nos llevan a la soberbia.

     2. Iglesia misericordiosa y eucarística

Iglesia que se alimenta de la Eucaristía sólo puede ser misericordiosa, porque la Eucaristía es el gran gesto de misericordia de Cristo. Pretender una Iglesia perfeccionista, llena de rigor para todos, que sólo sabe aplicar normas y prescripciones, es traicionar la Eucaristía que es fuente y cumbre de su vida.
Por eso nuestra parroquia, está llamada a ser “casa de misericordia” Hogar en el que el pecador encuentra su reconciliación, donde el pobre encuentra la dignidad que Dios le dio, donde todo aquel que sufre en su espíritu y en su cuerpo halla la paz que lo fortalece para seguir adelante.
Tal vez no estamos acostumbrados a esta forma de Iglesia. Por eso el Papa nos invita en este Jubileo de la Misericordia a recobrar el rostro amable de una comunidad misericordiosa

La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia (MV 10)
Por tanto, donde la Iglesia esté presente, allí debe ser evidente la misericordia del Padre. En nuestras parroquias, en las comunidades, en las asociaciones y movimientos, en fin, dondequiera que haya cristianos, cualquiera debería poder encontrar un oasis de misericordia (MV 12)

Recemos: Jesús, has de nuestra Iglesia un oasis de misericordia
·       
          Por las personas que se consideran alejadas de la Iglesia, para que sepamos atraerlas mostrándoles el amor del Señor. 
·         Para que imitemos el Corazón misericordioso de Cristo que ofrece su perdón a quien se arrepiente.
·         Para que los sacerdotes te hagan presente en la Eucaristía y en el Sacramento de la Reconciliación.

3                3. Familia misericordiosa y eucarística

El primer lugar para aprender a amar gratuitamente es la familia. Es en su interior donde se dan un sinfín de situaciones en las que podemos sacar lo mejor de nosotros mismos y también lo peor. Para los cristianos es posible reaccionar bien solamente si nos nutrimos con la Persona viva de Jesús, presente en la Eucaristía, que nos habla a través de su Palabra.
Sin embargo, esto no es un seguro para ser buenos. A veces las situaciones son tales que no reaccionamos como verdaderos cristianos o ponemos un mal ambiente en nuestro hogar. Cuando esto nos pasa es bueno recordar que contamos con la Misericordia del Señor. Con ella podemos recomponer nuestro corazón, reconociendo nuestros errores, luchando por enmendarlos y dar así a nuestra familia una oportunidad más de reconstruirse.
Si no reconocemos a Jesús como fuente inagotable de misericordia, no podremos mantener nuestras familias. Si no nos alimentamos con su Persona en la comunión, con su Palabra en la oración, con su Caridad en el trato con los más necesitados, nuestra vida hogareña va al fracaso.
Cuando el Señor está en el hogar las cosas puede que no sean perfectas, pero pueden ir mejor. Podemos realizar nuestra vida familiar caminando de reconciliación en reconciliación, aceptando nuestras debilidades para corregirlas entre todos, agradeciendo y acrecentando nuestras fortalezas.
Familia es escuela de misericordia. Hay necesidad de educar en ella desde el primer día. Las instituciones educativas deben sumarse a esta educación en aras de una sociedad más sana.
El hogar es lugar privilegiado para ejercitar la misericordia intergeneracional. Siempre y continuamente debemos caminar en la reconciliación

Recemos: Jesús, llena nuestras familias de misericordia
·       
          Para que haya cada vez más respeto por la dignidad de la mujer y se valore el aporte que hace en el hogar y en la sociedad.
·         Para que los padres acepten su responsabilidad frente a los hijos, los promocionen en sus capacidades y los respeten en su libertad.
·         Para que los mayores sean respetados por los más jóvenes, sean reconocidos en su sabiduría y experiencia, sean considerados con paciencia.

4         4. Misericordiosos como el Padre

Jesús nos muestra el rostro misericordioso del Padre que nos ama y perdona. El Espíritu Santo es quien, por pura misericordia, hace posible que el Hijo de Dios se haga presente en el altar de la Misa y hace efectivo el perdón de nuestras faltas. Dios lo hace todo por misericordia, nos cubre con ella.
Si todo quedara allí recibiríamos este don egoístamente. Pero Dios no quiere eso,  no ha querido “empacharnos” de misericordia. Por eso nos enseña que sólo los misericordiosos alcanzan misericordia (Cf Mt 5,7) y por eso nos pide que seamos “misericordiosos como el Padre de los cielos es misericordioso” (Lc 6,36) No quiere seamos como aquel servidor que, habiendo sido perdonado por su Rey, después no quiso perdonar a su semejante y, a causa de esa mezquindad de corazón, sufrió el castigo (Cf Mt 18, 23-35)
La misericordia que nos pide Jesús es estar atentos al dolor del otro para salir auxiliarlo, sintiendo en nuestra propia carne su sufrimiento. Es tener el corazón alerta para no dejarse vencer por la el odio y la venganza y perdonar sin que el rencor gobierne nuestra vida.
La misericordia entre nosotros es la semilla del Reino de los Cielos que puede ir transformando nuestra comunidad, para que no sea un sinfín de resentimientos que no nos dejan prosperar.
Efectivamente, nuestra sociedad es predominantemente cristiana, pero no todos están obligados a seguir nuestro credo. Sin embargo los ideales que propone el cristianismo pueden ser útiles a la vida social y entre ellos el de la misericordia es propiamente cristiano.
La misericordia que la Iglesia recibe de Dios y se esfuerza por vivir es una invitación a la comunidad política a saber abrazar al diferente e incluso a aquel que pueda resultar contrario a los intereses  sectoriales en tanto y en cuanto procuren el bien común.
Para los cristianos, sobre todo los comprometidos en política, se trata de encontrar en el cuerpo del prójimo el cuerpo de Cristo para ser misericordioso con él. Ir al encuentro del pobre no para ser paternalista, sino hermano del camino.

Recemos: Jesús, haznos misericordiosos como el Padre
·      
            Para que trabajemos juntos por nuestros derechos sin generar violencia.
·    Para que no nos encerremos en los intereses de nuestro propio sector dejando a los demás desprotegidos.
·       Para que sepamos superar nuestras diferencias en pos del bien común.


María,
Madre de la Misericordia hecha carne y hecha pan, ruega por nosotros


domingo, 8 de mayo de 2016

Domingo de Ascención del Señor

Mensaje del Papa para la 50ª Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales: Comunicación y Misericordia: un encuentro fecundo

Queridos hermanos y hermanas,
El Año Santo de la Misericordia nos invita a reflexionar sobre la relación entre la comunicación y la misericordia. En efecto, la Iglesia, unida a Cristo, encarnación viva de Dios Misericordioso, está llamada a vivir la misericordia como rasgo distintivo de todo su ser y actuar. Lo que decimos y cómo lo decimos, cada palabra y cada gesto debería expresar la compasión, la ternura y el perdón de Dios para con todos. El amor, por su naturaleza, es comunicación, lleva a la apertura, no al aislamiento. Y si nuestro corazón y nuestros gestos están animados por la caridad, por el amor divino, nuestra comunicación será portadora de la fuerza de Dios.
Como hijos de Dios estamos llamados a comunicar con todos, sin exclusión. En particular, es característico del lenguaje y de las acciones de la Iglesia transmitir misericordia, para tocar el corazón de las personas y sostenerlas en el camino hacia la plenitud de la vida, que Jesucristo, enviado por el Padre, ha venido a traer a todos. Se trata de acoger en nosotros y de difundir a nuestro alrededor el calor de la Iglesia Madre, de modo que Jesús sea conocido y amado, ese calor que da contenido a las palabras de la fe y que enciende, en la predicación y en el testimonio, la «chispa» que los hace vivos.
La comunicación tiene el poder de crear puentes, de favorecer el encuentro y la inclusión, enriqueciendo de este modo la sociedad. Es hermoso ver  personas que se afanan en elegir con cuidado las palabras y los gestos para superar las incomprensiones, curar la memoria herida y construir paz y armonía. Las palabras pueden construir puentes entre las personas, las familias, los grupos sociales y los pueblos. Y esto es posible tanto en el mundo físico como en el digital. Por tanto, que las palabras y las acciones sean apropiadas para ayudarnos a salir de los círculos viciosos de las condenas y las venganzas, que siguen enmarañando a individuos y naciones, y que llevan a expresarse con mensajes de odio. La palabra del cristiano, sin embargo, se propone hacer crecer la comunión e, incluso cuando debe condenar con firmeza el mal, trata de no romper nunca la relación y la comunicación.
Quisiera, por tanto, invitar a las personas de buena voluntad a descubrir el poder de la misericordia de sanar las relaciones dañadas y de volver a llevar paz y armonía a las familias y a las comunidades. Todos sabemos en qué modo las viejas heridas y los resentimientos que arrastramos pueden atrapar a las personas e impedirles comunicarse y reconciliarse. Esto vale también para las relaciones entre los pueblos. En todos estos casos la misericordia es capaz de activar un nuevo modo de hablar y dialogar, como tan elocuentemente expresó Shakespeare: «La misericordia no es obligatoria, cae como la dulce lluvia del cielo sobre la tierra que está bajo ella. Es una doble bendición: bendice al que la concede y al que la recibe» (El mercader de Venecia, Acto IV, Escena I).
Es deseable que también el lenguaje de la política y de la diplomacia se deje inspirar por la misericordia, que nunca da nada por perdido. Hago un llamamiento sobre todo a cuantos tienen responsabilidades institucionales, políticas y de formar la opinión pública, a que estén siempre atentos al modo de expresase cuando se refieren a quien piensa o actúa de forma distinta, o a quienes han cometido errores. Es fácil ceder a la tentación de aprovechar estas situaciones y alimentar de ese modo las llamas de la desconfianza, del miedo, del odio. Se necesita, sin embargo, valentía para orientar a las personas hacia procesos de reconciliación. Y es precisamente esa audacia positiva y creativa la que ofrece verdaderas soluciones a antiguos conflictos así como la oportunidad de realizar una paz duradera. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. […] Bienaventurados los que trabajan por la paz, porque ellos serán llamados hijos de Dios» (Mt 5,7.9).
Cómo desearía que nuestro modo de comunicar, y también nuestro servicio de pastores de la Iglesia, nunca expresara el orgullo soberbio del triunfo sobre el enemigo, ni humillara a quienes la mentalidad del mundo considera perdedores y material de desecho. La misericordia puede ayudar a mitigar las adversidades de la vida y a ofrecer calor a quienes han conocido sólo la frialdad del juicio. Que el estilo de nuestra comunicación sea tal, que supere la lógica que separa netamente los pecadores de los justos. Nosotros podemos y debemos juzgar situaciones de pecado – violencia, corrupción, explotación, etc. –, pero no podemos juzgar a las personas, porque sólo Dios puede leer en profundidad sus corazones. Nuestra tarea es amonestar a quien se equivoca, denunciando la maldad y la injusticia de ciertos comportamientos, con el fin de liberar a las víctimas y de levantar al caído. El evangelio de Juan nos recuerda que «la verdad os hará libres» (Jn 8,32). Esta verdad es, en definitiva, Cristo mismo, cuya dulce misericordia es el modelo para nuestro modo de anunciar la verdad y condenar la injusticia. Nuestra primordial tarea es afirmar la verdad con amor (cf. Ef 4,15). Sólo palabras pronunciadas con amor y  acompañadas de mansedumbre y misericordia tocan los corazones de quienes somos pecadores. Palabras y gestos duros y moralistas corren el riesgo hundir más a quienes querríamos conducir a la conversión y a la libertad, reforzando su sentido de negación y de defensa.
Algunos piensan que una visión de la sociedad enraizada en la misericordia es injustificadamente idealista o excesivamente indulgente. Pero probemos a reflexionar sobre nuestras primeras experiencias de relación en el seno de la familia. Los padres nos han amado y apreciado más por lo que somos que por nuestras capacidades y nuestros éxitos. Los padres quieren naturalmente lo mejor para sus propios hijos, pero su amor nunca está condicionado por el alcance de los objetivos. La casa paterna es el lugar donde siempre eres acogido (cf. Lc 15,11-32). Quisiera alentar a todos a pensar en la sociedad humana, no como un espacio en el que los extraños compiten y buscan prevalecer, sino más bien como una casa o una familia, donde la puerta está siempre abierta y en la que sus miembros se acogen mutuamente.
Para esto es fundamental escuchar. Comunicar significa compartir, y para compartir se necesita escuchar, acoger. Escuchar es mucho más que oír. Oír hace referencia al ámbito de la información; escuchar, sin embargo, evoca la comunicación, y necesita cercanía. La escucha nos permite asumir la actitud justa, dejando atrás la tranquila condición de espectadores, usuarios, consumidores. Escuchar significa también ser capaces de compartir preguntas y dudas, de recorrer un camino al lado del otro, de liberarse de cualquier presunción de omnipotencia y de poner humildemente las propias capacidades y los propios dones al servicio del bien común.
Escuchar nunca es fácil. A veces es más cómodo fingir ser sordos. Escuchar significa prestar atención, tener deseo de comprender, de valorar, respetar, custodiar la palabra del otro. En la escucha se origina una especie de martirio, un sacrificio de sí mismo en el que se renueva el gesto realizado por Moisés ante la zarza ardiente: quitarse las sandalias en el «terreno sagrado» del encuentro con el otro que me habla (cf. Ex 3,5). Saber escuchar es una gracia inmensa, es un don que se ha de pedir para poder después ejercitarse practicándolo.
También los correos electrónicos, los mensajes de texto, las redes sociales, los foros pueden ser formas de comunicación plenamente humanas. No es la tecnología la que determina si la comunicación es auténtica o no, sino el corazón del hombre y su capacidad para usar bien los medios a su disposición. Las redes sociales son capaces de favorecer las relaciones y de promover el bien de la sociedad, pero también pueden conducir a una ulterior polarización y división entre las personas y los grupos. El entorno digital es una plaza, un lugar de encuentro, donde se puede acariciar o herir, tener una provechosa discusión o un linchamiento moral. Pido que el Año Jubilar vivido en la misericordia «nos haga más abiertos al diálogo para conocernos y comprendernos mejor; elimine toda forma de cerrazón y desprecio, y aleje cualquier forma de violencia y de discriminación» (Misericordiae vultus, 23). También en red se construye una verdadera ciudadanía. El acceso a las redes digitales lleva consigo una responsabilidad por el otro, que no vemos pero que es real, tiene una dignidad que debe ser respetada. La red puede ser bien utilizada para hacer crecer una sociedad sana y abierta a la puesta en común.
La comunicación, sus lugares y sus instrumentos han traído consigo un alargamiento de los horizontes para muchas personas. Esto es un don de Dios, y es también una gran responsabilidad. Me gusta definir este poder de la comunicación como «proximidad». El encuentro entre la comunicación y la misericordia es fecundo en la medida en que genera una proximidad que se hace cargo, consuela, cura, acompaña y celebra. En un mundo dividido, fragmentado, polarizado, comunicar con misericordia significa contribuir a la buena, libre y solidaria cercanía entre los hijos de Dios y los hermanos en humanidad.
La Pastoral de las Comunicaciones invita a los comunicadores de la ciudad y la región, incluyendo a todos los que trabajan en las distintas actividades vinculadas, a participar de la Santa Misa a realizarse en la Catedral Metropolitana este domingo 8 de mayo a las 20:00 celebrando el Jubileo propuesto por SS Francisco.
Previamente, este jueves 5 a las 09:00 en la sede del Arzobispado de Sta Fe, Gral. López y San Jerónimo, Mons. José Ma. Arancedo ofrecerá una rueda de prensa para invitar personalmente a todos los comunicadores a participar de esta celebración.

 Fuente:  http://acontecerhumboldt.com.ar/2016/2016/05/04/texto-completo-del-mensaje-del-papa-para-la-50a-jornada-mundial-de-las-comunicaciones-sociales-comunicacion-y-misericordia-un-encuentro-fecundo/

domingo, 1 de mayo de 2016

Domingo 1 de Mayo- San José Obrero


Lectura del santo evangelio según san Juan (14,23-29):

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: «El que me ama guardará mi palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él y haremos morada en él. El que no me ama no guardará mis palabras. Y la palabra que estáis oyendo no es mía, sino del Padre que me envió. Os he hablado de esto ahora que estoy a vuestro lado, pero el Defensor, el Espíritu Santo, que enviará el Padre en mi nombre, será quien os lo enseñe todo y os vaya recordando todo lo que os he dicho. La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo. Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde. Me habéis oído decir: "Me voy y vuelvo a vuestro lado." Si me amarais, os alegraríais de que vaya al Padre, porque el Padre es más que yo. Os lo he dicho ahora, antes de que suceda, para que cuando suceda, sigáis creyendo.»   Palabra del Señor.


Interesante propuesta e invitación que nos hace la Palabra de Dios. A medida que avanzamos en este tiempo Pascual dónde el acontecimiento de la Resurrección ilumina de manera especial nuestra vida, el Señor que se identifica plenamente con ella, nos va marcando la tarea para quienes intentamos seguirlo: Ser testigos sinceros, honestos y valientes en la propagación de todo forma de vida, especialmente la humana. Asimismo asistimos en este tiempo que nos toca vivir a a una singular preocupación por nuestro planeta, su cuidado y preservación ante tratamientos inescrupulosos de grandes grupos económicos concentrados que en nuestro valle calcahquí tienden a entrar y a quedarse y cuando han agotado los recursos del suelo se van.
Parece que la paz que nos da Jesús, y que no es cómo la da el mundo es un don y es construcción. Esto de: Que no tiemble vuestro corazón ni se acobarde requiere escuchar la Palabra y discernir en el Espíritu y actuar según ese mismo Espíritu; así como se anuncia la Buena Nueva se debe denunciar aquello que no se corresponde con el Evangelio, con el Espíritu de la verdad. Lejos de dejarnos tranquilos y cómodos nos saca, nos impele a dejar en claro que estamos de parte de la  Verdad y la Justicia y que cuidamos nuestra vida, nuestros recursos y que los preservamos para las próximas generaciones que habitarán este bendito valle. Este es nuestro desafío, nuestro compromiso con la paz. Que el Señor nos acompañe y nos guíe a quienes queremos ser fieles a su Espíritu.  Que así sea.


P. Julio D.  Ríos

sábado, 23 de abril de 2016

La Conversión pastoral del Catolicismo (Domingo V de Pascua)

La lectura del Libro de los Hechos de los Apóstoles que la Iglesia nos propone para este Quinto Domingo de Pascua nos cuenta el final de la primera misión de Pablo y Bernabé. "En cada comunidad establecieron presbíteros y con oración y ayuno, los encomendaron al Señor en el que habían creído" (14, 23) Todo el texto nos va nombrando los lugares por donde van y cómo va creciendo la Iglesia con el testimonio de la Palabra de Dios.

Es hermoso ver ese crecimiento que sigue hasta el día de hoy y del que nosotros mismos debemos formar parte, porque a la lista de aquellas primeras comunidades se suma también la nuestra; con su identidad y su cultura.

Nuestra manera de ser como pueblo viene a sumarse a la inmensa riqueza de la Iglesia, vienen a engalanarla como la novia a la que se refiere el Apocalipsis en la segunda lectura de este domingo (21, 1-5) Sí, porque nuestro bagaje cultural es una riqueza en la manera de vivir, expresar y proclamar la fe de Cristo, aquella que nos entregó su Iglesia.

Una manera que nos es propia, pero que no nos encierra en un chovinismo, sino que nos abre a la comunión con otras formas de religiosidad. Nos hermana con otros que ven las mismas cosas pero tal vez desde otra perspectiva. Esto es lo que nos hace verdaderamente católicos, parte de la Iglesia fundada por Cristo y presente en cada pueblo que, desde su identidad, asume el Evangelio como un regalo que lo lleva a superarse constantemente.

Como aquellas primeras comunidades, como la de Antioquía desde donde Pablo y Bernabé partieron para evangelizar el mundo, nosotros también debemos testimoniar la Palabra Divina que hemos recibido.  Pero nuestro testimonio no pasa por el hablar bien, ni por los grandes eventos que podamos generar para atraer mucha gente. Nuestro testimonio pasa por vivir el mandamiento nuevo del amor.

El Evangelio propuesto para este domingo nos lo trae (Jn 13, 31-35) y nos advierte por boca de Jesús "En esto reconocerán que ustedes son mis discípulos; en el amor que se tengan los unos a los otros" (v 35)

Si queremos ser una Iglesia convincente que atraiga los hombres y las mujeres a Cristo que nos da la verdadera Vida, no hace falta"inventar" cosas llamativas. El camino es el amor y el amor de Cristo (no cualquier amor), el que se da hasta el extremo (Jn 13,1), hasta la cruz. Es ese amor el motor que nos puede llevar a hacer de nuestras actividades un imán hacia el Evangelio. Sin ese amor nuestras acciones terminan siendo pura hojarasca sin fruto.

Hablamos de conversión pastoral. Pues bien, ella pasa por aquí. No por hacer cosas y cosas, sino por amar al estilo de Jesús. Ojalá, inspirados en María, la Servidora de la Palabra, nosotros comunidad cristiana de este Siglo XXI, hagamos creíble el Evangelio mediante el testimonio del amor. Ocasión privilegiada tenemos en este Jubileo en el que las obras de Misericordia pueden mostrar lo hermoso de la Vida Nueva en Cristo.

P Flavio Quiroga

viernes, 15 de abril de 2016

Domingo del Buen Pastor

El domingo IV después de Pascua es también llamado del Buen Pastor y la Iglesia lo reserva para rezar por las vocaciones de especial consagración.

Se consideran tales aquellas a través de las cuales el Señor convoca a algunos bautizados a vivir una entrega total de sus vidas, a tiempo completo, por el Reino de los Cielos. Como Jesús que se dedicó pura exclusivamente a su difusión, hay cristianos que quieren imitarlo a pleno en esto. Estos son quienes están llamados al ministerio sacerdotal, también los que están convocados a la práctica de los concejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia ya sea perteneciendo a alguna comunidad de determinado carisma, ya sea viviendo en el mundo como laicos consagrados, perteneciendo al orden de las vírgenes o viviendo como anacoretas en absoluta soledad. Los hay también quienes viven estos tres votos de manera privada.

El Papa Francisco en este año nos recuerda que estas vocaciones especiales surgen de la espiritualidad del Bautismo. No son son fruto de merecimientos personales o premio a virtudes superiores. Nacen de la misericordia de Dios. Si son elegidos lo son porque el Señor los miró con misericordia (MV8)

Por otra parte también nos advierte que tales vocaciones se originan y se mantienen gracias a la mediación de la comunidad entera de la Iglesia. No se trata por tanto de ambiciones personalistas o egoístas que simplemente buscan la propia satisfacción. Y, porque nacen a través de la Iglesia tienen por objeto servirla. De esta forma, no se puede pretender vivir una de estas vocaciones como una relación exclusiva entre el candidato/a y Dios, en donde los demás no tienen nada que hacer; todo lo contrario. De allí que el servicio eclesial que de estas vocaciones se desprende está en orden a toda la Iglesia, incluso por encima de las particularidades de los propios carismas y lugares en los que la vocación surge.  El Papa dice: Nadie es llamado exclusivamente para una región, ni para un grupo o movimiento eclesial, sino al servicio de la Iglesia y del mundo. Un signo claro de la autenticidad de un carisma es su eclesialidad, su capacidad para integrarse armónicamente en la vida del santo Pueblo fiel de Dios para el bien de todos.

Siguiendo la invitación del Santo Padre recemos para que las vocaciones nazcan, crezcan y sean sostenidas por la Iglesia toda. Hagamoslo con confianza en Dios que siempre llama y con la esperanza de que los convocados respondan afirmativamente a lo largo de toda su vida.


Sepámonos todos parte del débil rebaño de Jesús que, pastoreado por Él, está llamado a entrar en las praderas del Reino de Dios con la certeza de que nadie puede arrebatarnos de las manos divinas (Cf Jn 27,30)


Mensaje del papa Francisco para la 53ª Jornada Mundial de Oración por las Vocaciones (IV Domingo de Pascua, 17 de abril de 2016)

sábado, 9 de abril de 2016

Mensaje de la liturgia del Domingo (III de Pascua Ciclo C)

El tercer domingo de Pascua nos trae el apéndice del Evangelio de Juan, probablemente fruto de la mano de sus discípulos, más que del Apóstol mismo y nos relata la tercera aparición del Cristo resucitado. No es necesariamente la última, porque este apéndice termina diciéndonos que  que "Jesús hizo también muchas otras cosas. Si se las relatara detalladamente, pienso que no bastaría todo el mundo para contener los libros que se escribirían" (Jn 21, 25) Aunque este versículo no forma parte del texto litúrgico de hoy, ya nos da pie a pensar que la presencia de Jesús en la vida de la Iglesia no se agota nunca.

Volviendo al relato que nos propone la Iglesia viene articulado en dos partes, la aparición de Jesús en sí misma y la triple profesión de amor de Simón Pedro que concluye con la renovación de la vocación de este Apóstol.

En primer término puede llamarnos la atención el escenario donde se ubica el hecho. A diferencia de las apariciones anteriores no se da en una casa de puertas cerradas, como lo vimos el domingo pasado, sino a las orillas del lago de Tiberíades. La Iglesia ya no está encerrada. Para nosotros que pertenecemos a esta parte del planeta hasta nos puede sugerir que está expectante de encontrar otra costa a donde llevar el Evangelio.

Por eso podemos centrar el mensaje de la Liturgia de este domingo en la acción apostólica de la Iglesia y podemos concluir, en primer lugar que, sin Cristo, es infecunda. Los discípulos deciden ir a pescar, pero sólo con la presencia del Resucitado se produce la pesca. Más todavía, siguiendo las palabras de Cristo que le habla desde la orilla. No es por tanto, el primero de los Apóstoles el que la guía, sino el Señor resucitado. En el Evangelización de los pueblos no son nuestros personalismos los que cuentan, sino nuestra obediencia humilde al Señor; aunque muchas veces no lo veamos claro, como los discípulos en aquel amanecer. Nuestra obediencia a su voz y el amor que él nos tiene, pues es el discípulo amado el que lo reconoce cuando le dice a Pedro "es el Señor"

Pero cuál es el objeto del accionar apostólico de nuestra Iglesia. Pescar. Conseguir para Dios los hombres de todas las culturas de la tierra, atraerlos hacia él, como aquella red llena de peces que más adelante el autor detalla que se trata de ciento cincuenta y tres. Este número no es anecdótico; se trata de la cantidad de especies que se conocían en la antigüedad. Al traerlo a colación Juan se está refiriendo a la totalidad de los hombres y los pueblos.

Pescar hombres para el Señor no tiene otro objeto que darles la oportunidad de encontrar su felicidad vivir para Dios y ante Él en clave da alabanza eterna, aquella de la que nos habla la segunda lectura tomada del Apocalipsis. Una alabanza que para ser eterna no tiene que comenzar después de la muerte, al contrario, tiene que empezar desde ahora y debe abrazar a todos "las criaturas que están en el cielo, sobre la tierra, debajo de ella y en el mar" (5, 13) Llamativo versículo que, siguiendo la línea de la Encíclica Laudato Si, puede hacernos pensar en el cuidado de toda la creación. Toda ella es para alabar al Creador.

Esta alabanza es posible solamente gracias a la Misericordia de Dios que nos rescata de nuestros pecados. Siguiendo al Apocalipsis, tal Misericordia es gracias al Cordero que ha sido inmolado (Cf 5,12) Aquel que, según la Primera Lectura de la Misa de hoy, ha sido constituido "Jefe y Salvador, a fin de conceder a Israel (Pueblo de Dios) la conversión y el perdón de los pecados" (Hech 5, 31).

Así, el anuncio de la red en la que la Iglesia pesca a los hombres de todos los tiempos es la de la Misercordia y paradójicamente, esta red no aprisiona, sino que otorga la verdadera libertad, porque es la que ofrece el perdón de los pecados. La Iglesia obtiene sus pescados, perdonándoles sus pecados.

El Salmo de la misa nos habla de la "noche en que se derraman lágrimas" (29, 6) y de la alegría que renace a la mañana. Todo ello nos puede hacer recordar la noche de la traición de Pedro en la que este lloró amargamente. Esa oscuridad queda curada en este amanecer del que nos habla el Evangelio, cuando San Pedro le dice a Jesús que Él (Cristo) lo sabe todo y sabe que lo ama. Es hermoso darnos cuenta que esto mismo nos pasa a nosotros.

Le recemos a la Madre de Misericordia para que nuestro acción eclesial nos lleve a las orillas más lejanas llevando la Misericordia de Dios que tiene el poder de convertir nuestra vida y hacerla acorde a su amor. Es la mejor alabanza que podemos tributarle a nuestro Dios.

P Flavio Quiroga


domingo, 3 de abril de 2016

COMENTARIO AL EVANGELIO DEL DOMINGO II DE PASCUA, CICLO “C” Jn 20, 19-31


Hagamos juntos esta oración, invocando la ayuda al Espíritu Santo, para que esto que nos proponemos, llegue a ser semilla de nueva evangelización en nuestras vidas.

Espíritu Santo, visítame con tu Presencia densa y ligera, sacúdeme con tu azote semejante a una caricia, atráeme, con el imán de tu Amor, hacia la puerta estrecha por donde se entra al Reino inmenso e inefable del Amor de nuestro Padre Dios. Haz espacio en mí, para que resuene, como un eco, en el paisaje de mi cuerpo y de mi alma, la Palabra de Jesús, la única Palabra con poder de salvar. Visítame, Señor y Dador de Vida, para que pueda ser yo cauce de tu Vida en abundancia. Amén… amén… amén.

Proclamemos el Evangelio para este domingo: S. Jn 20, 19-31.

Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: “¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a Mí, Yo también los envío a ustedes”. Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: “Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan”. Tomás, uno de los Doce, de sobrenombre el Mellizo, no estaba con ellos cuando llegó Jesús. Los otros discípulos le dijeron: “¡Hemos visto al Señor!”. Él les respondió: “Si no veo la marca de los clavos en sus manos, si no pongo el dedo en el lugar de los clavos y la mano en su costado, no lo creeré”. Ocho días más tarde, estaban de nuevo los discípulos reunidos en la casa, y estaba con ellos Tomás. Entonces apareció Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio de ellos y les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Luego dijo a Tomás: “Trae aquí tu dedo: aquí están mis manos. Acerca tu mano: Métela en mi costado. En adelante no seas incrédulo, sino hombre de fe”. Tomás respondió: “¡Señor mío y Dios mío!”. Jesús le dijo: “Ahora crees, porque me has visto. ¡Felices los que creen sin haber visto!”. Jesús realizó además muchos otros signos en presencia de sus discípulos, que no se encuentran relatados en este Libro. Estos han sido escritos para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y creyendo, tengan Vida en su Nombre.
Palabra del Señor…

¿Qué dice el texto? Le comparto un resumen que hice del comentario del padre Pedro Donoso [1]

Los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Suponemos que los once apóstoles están juntos, sin embargo también se puede presumir que posiblemente hubiese con ellos otras personas, pero estas no se citan. Los sucesos de aquellos días, siendo ellos los discípulos del Crucificado, les tenían temerosos. Esa es la razón por la cual se ocultaban y permanecían a puertas cerradas. Temía la intromisión inesperada de sus enemigos
Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: “¡La paz esté con ustedes!”. Con ello les dispensó lo que ésta llevaba adjunto (cf. Lc 24:36-43). San Juan omite lo que dice en evangelio de Lucas, sobre que no se turben ni duden de su presencia. Aquí, al punto, como garantía, les muestra “las manos,” que con sus cicatrices les hacían ver que eran las manos días antes perforadas por los clavos, y “el costado,” abierto por la lanza; en ambas heridas, mostradas como títulos e insignias de triunfo, tal así que Tomás podría poner sus dedos.
Jesús, entonces, le anuncia a los apóstoles que ellos van a ser sus “enviados,” como Él lo es del Padre. Es un tema constante en los evangelios. Ellos son los “apóstoles” (Mt 28:19; Jn 17:18, etc.). Jesucristo tiene todo poder en cielos y tierra y los “envía” ahora con una misión concreta. Los apóstoles son sus enviados con el poder de perdonar los pecados.
Al decir esto, “sopló” sobre ellos. Es símbolo con el que se comunica la vida que Dios concede (Gen 2:7; Ez 37:9-14; Sab 15:11). Por la penitencia, Dios va a comunicar su perdón, que es el dar a los hombres el “ser hijos de Dios” (Jn 1:12): el poder de perdonar, que es dar vida divina.
Aquí el regalo del Espíritu Santo a los apóstoles tiene una misión de “perdón.” Los apóstoles se encuentran en adelante investidos del poder de perdonar los pecados.
En esta aparición del Señor a los apóstoles no estaba el apóstol Tomás, de sobrenombre el mellizo. Si aparece, por una parte, el hombre de corazón y de arranque que relata san Juan 11:16. En el capítulo 14:5 san Juan lo muestra un tanto escéptico. Entonces se diría que es lo que va a reflejarse aquí. No solamente no creyó en la resurrección del Señor por el testimonio de los otros diez apóstoles, y no sólo exigió para ello el verle él mismo, sino el comprobarlo. Es así como el necesitaba ver las llagas de los clavos en las manos del Señor, y aún más, meter su dedo en ellas, lo mismo que su mano en la llaga del costado de Cristo, la que había sido abierta por el golpe de lanza del centurión. Entonces, sólo a este precio creerá.
Pero a los ocho días se realizó otra vez la visita del Señor. Estaban los apóstoles juntos, probablemente en el mismo lugar, y Tomás con ellos. Y vino el Señor otra vez, cerradas las puertas. San Juan relata esta escena muy sobriamente. Y después de desearles la paz "¡La paz esté con ustedes!", se dirigió a Tomás y le dijo: “Trae aquí tu dedo”: aquí están mis manos y le mandó que cumpliese en su cuerpo la experiencia que él exigía diciéndole: Acerca tu mano, métela en mi costado. En adelante, no seas incrédulo, sino hombre de fe.
Tomas exclamo: ¡Señor mío y Dios mío! Esta exclamación encierra una riqueza teológica grandiosa y hermosísima. Esta es un reconocimiento de Cristo, es un afirmación de quién es El.
Tomás fue reprochado, no porque el ver para creer sea malo, sino por haber rechazado el testimonio de los otros apóstoles que vieron. Para creer hay que verlo directamente, como los apóstoles, o indirectamente, como nosotros, que nos apoyamos en el ver y en la predicación solemne y pública de los apóstoles.
Dice el Señor: ¡Felices los que creen sin haber visto!  Es la bienaventuranza de Cristo a los fieles futuros, que aceptan, por tradición ininterrumpida, la fe de los que fueron elegidos por Dios para ser testigos oficiales de su resurrección y para transmitirla a los demás.

¿Qué me dice el Evangelio de hoy? 

Asustados y atemorizados, muchas veces testimoniamos la fe en Jesús, muerto y resucitado. Encerrados, escondidos y cómodos en nuestras casas vivimos la fe. Nos cuesta salir y testimoniar a otros que Jesús está vivo en medio de nosotros y que camina a nuestro lado. Nos preguntemos:

¿Tenemos fe en Jesús? Los discípulos de Jesús permanecían escondidos. Nosotros quizás estamos en un estado similar. Quizás leemos la Biblia, vamos a misa dominicalmente, e incluso hacemos algunas obras de caridad, pero no nos preocupamos de conocer más nuestra fe, sobre todo para saber dar razones de nuestra fe cuando es criticada o puesta en el banquillo del acusado. Quizás pensemos en la paz como ausencia de conflictos de cualquier tipo, y de preocupaciones. La paz cristiana no se opone a tales conceptos, pero también consiste en la tranquilidad de vivir cumpliendo la voluntad de Dios. Amigo y amiga, acojamos la paz del Señor. Sintámonos tranquilos aunque vivamos situaciones dolorosas, porque, Jesús nos ha dado su paz y así podrás responder a la pregunta de si tienes fe en Jesús. 

¿Nos alegramos de creer en Jesús resucitado? Muchas de las crisis de fe que vivimos hoy, están causada por el hecho de confundir la realidad con los sentimientos. Vivimos en la civilización del sentimentalismo. Amamos a nuestros familiares y amigos, no porque consideramos que ello sea un deber para con quienes nos aman, sino porque lo sentimos. Esta mentalidad puede atraernos desengaños y sufrimientos. De la misma manera que creemos que no experimentamos el amor a nuestros familiares con la misma intensidad cuando los abrazamos después de pasar tiempo sin verlos que cuando discutimos con ellos y nos enfadamos, sentimos que la intensidad de nuestra fe en Dios no es la misma cuando terminamos de vivir unas emotivas celebraciones (en Pascua, Navidad, Retiros espirituales y/o patronales), que cuando tenemos un grave problema que resolver, el cual nos produce una gran preocupación. Los discípulos de Jesús se llenaron de alegría cuando el Señor resucitó. ¿No son suficientes las pruebas del poder del Señor que vemos en el mundo y en nuestra vida para creer en la Resurrección de Cristo? Jesús forma parte de nuestra vida, lo vemos reflejado en nuestros prójimos, y lo recibimos en la Eucaristía. El Cuerpo de Jesús Resucitado no está sometido a las limitaciones que nos caracterizan a nosotros… Él está en todas partes.

¿Cómo servimos a Dios? Jesús nos da su paz y nos envía a evangelizar y a beneficiar a la humanidad. El Papa Francisco nos dijo al iniciar su ministerio petrino que el verdadero poder es servicio. La autoridad cristiana no es la lucha sin tregua de quienes desean ser poderosos para conseguir ver realizada su aspiración. La autoridad cristiana proviene de Dios, y por ello debe estar encaminada, a predicar el Evangelio, y a servir a quienes necesiten nuestros dones, espirituales, y, materiales. 

¿Qué le decimos a Jesús? ¿Qué respuesta damos a la Palabra del Señor en este domingo?

Para ir cerrando este comentario y oración con el Evangelio de este domingo 2° de Pascua del ciclo C, te invito a que hagamos esta oración:

Ven, quédate con nosotros, Señor, y aunque encuentres cerrada la puerta de nuestro corazón por temor o por cobardía, entra igualmente. Tu saludo de paz es bálsamo que hace desaparecer nuestros miedos; es don que abre el camino a nuevos horizontes. Dilata los angostos espacios de nuestro corazón. Refuerza nuestra frágil esperanza y danos unos ojos penetrantes para vislumbrar en tus heridas de amor los signos de tu gloriosa resurrección. Con frecuencia también nosotros nos mostramos incrédulos, necesitados tocar y ver para poder creer y ser capaces de confiar. Haz que, iluminados por el Espíritu Santo, podamos ser contados entre los bienaventurados que, aunque no han visto, han creído.
Jesús Resucitado, te pido por los hermanos enfermos, abandonados y que viven en condiciones extremas. Te pido por los niños y jóvenes. Por los ancianos y matrimonios en crisis. Danos esa paz que les diste a tus Apóstoles. Sopla en nosotros al Espíritu Santo y renuévanos con sus dones. Amén, amén, amén.

Gracias, amigo y amiga por este momento compartido. Ojalá el próximo domingo nos demos una vez más este tiempo para orar, reflexionar y comentar con el Evangelio del Domingo. Te saludo con afecto y recuerdo en la oración. Hasta otro momento y Dios nos bendiga. 
PBO. José Casimiro Torres